Me levanté empalagosamente positiva y en lugar de quejarme del frío que hace porque la caldera del edificio hace cuatro días que no funciona, prendí las hornallas de la cocina para darle más calor a nuestro hogar.
No me quejé del trabajo, ni de mi jefa, ni del viaje, ni de la guita que no alcanza.
Te miré a los ojos mientras tomaba el café con leche que preparaste y mientras compartimos el tenis por tele, sentí ganas de darte gracias:
Por el desayuno que hacés, por la casa bonita que llenamos entre los dos, por Gandalf que si bien casi siempre me muerde y araña las manos -ahora me premia durmiendo placidamente en mi regazo- mientras escribo este post, por hacerme descubrir como un ama de casa espectacular que puede con tu ayuda poner el lavarropas lavar las tazas del desayuno limpiar el baño planchar la ropa que vamos a usar para ir al trabajo y seguir encantada de la vida, por los amigos y los hermanos que llegaron a mi vida a través tuyo, por el disco de Serrano de Sabina de Noble de Paez mis discos arabes y turcos bajados al mp3 para que los viajes no sean tan densos, por descubrir que por vos puedo escribir cosas bien bonitas como esta, por esperarme con la cena cuando llego agobiada por la jornada, por el amor de cada momento -mañana tarde noche-, por haber nacido, por haber aparecido en mi vida y haberme abierto los ojos, por haber dicho Si acepto!, por desear uno ó varios hijos conmigo y por llenarme de amor cada día de mi vida – los pasados, los presentes y los futuros – siempre maravillosos a tu lado.
Te amo lucecita, con toda el alma.





